Alguien sube por el camino y abre los brazos en forma de interrogante, y Nené le responde con un grito agudo y jocoso: «¡Compramos a un periodista! ¡Si no acaba de venir la luz, lo matamos y nos lo comemos!».
Por Mario Ernesto Almeida
1
Nebo dice que hoy no, pero que mañana temprano me acompañará a Explanada de Duaba, un poblado más pequeño que este, y más intrincado aún en la sierra guantanamera.
Nené está a su lado y explica que ahora no puede salir conmigo, porque Odaimis, su esposa, tiene dolores en el vientre, como un empacho, pero que, si mejorara, él también iría cuando la mañana despunte.
Explanada está a más de 20 kilómetros por caminos entre lomas y ríos, caminos que no se sabe exactamente cómo estarán, o si acaso continúan ahí.
Nebo, de 60 años, me está llevando a su casa, donde –todavía no lo sé– pasaré las próximas tres noches. Dormiré en la cama de su hija, a quien hoy trabaja en La Habana, y bajo el mosquitero que Xiomara, la esposa de Nebo, se empeñará amorosa en preparar.
Nebo tiene que salir rápido y me pide no acompañarlo. Lleva el torso desnudo, un short y unas zapatillas deportivas viejas que le dejan ver algunos dedos. Tiene que pasar el río y un arroyo para llegar a la casa de su hermano, a quien hoy no ha visto y que está enfermo.
Los médicos de la capital no dieron buenas noticias y el hermano de Nebo decidió regresarse a acá, a sus montañas de Imías, que parecen ser un buen sitio para respirar tranquilo, sin que importe nada más que respirar una vez y otra vez más, hasta que se pueda, con la corriente del río Jojo y el graznido de los caos como fondo.
Corre el domingo 27 de octubre y el cielo se muestra extremadamente bajo desde hace días; de vez en cuando puede tocarse, si alguna nube se arrastra a tientas. Algunos viejos dicen que hace tres décadas no llueve así. Otros, más viejos aún, aseguran que no se había visto en sus más de 90 años de vida.
Resulta difícil predecir… Desde el sábado anterior al huracán Oscar quedaron sin electricidad y los partes meteorológicos de la televisión parecen un recuerdo antiguo. Una vía alternativa quizá sería internet, pero para ello se precisa de batería en los teléfonos.
Los pocos paneles solares del pueblo emiten una energía muy pobre con estas sombras y el grupo electrógeno de la panadería tiene capacidades limitadas para tantos enchufes de celulares que llegan.
Cuando alguien logra algo de carga, tiene que subir una loma que está después del río y del arroyo, donde una piedra indica el punto de mejor conexión. Bajo algún árbol del pueblo o recostados en ciertas ventanas, los celulares, con suerte, pueden obtener un mínimo de señal.
Tampoco pueden verse las nubes que están más allá de la montaña inmediata. El río Jojo hace una suerte de cañón en el macizo, y cerca del río vive la gente, con mucha tierra y roca sobre el nivel de sus cabezas. Solo se detectan las nubes que penetran en el reducido espacio de la vista, cuando ya casi se les tiene encima. El sonido del agua fuerte se asemeja a los cascos de un caballo que te persigue. Puede ser de infierno, de pesadilla, el sonido de esta lluvia, su certeza.
Ya Nebo salió a ver a su hermano, como cada día de estos últimos. Me dejó en su casa, en el barriecito diminuto de Campo Amor –nombre acuñado por un loco–, a unos cien metros del centro de Vega del Jobo, terraplén arriba.
Casi seis kilómetros al este, también subiendo montañas por una carretera que alterna entre piedras, tierra y planchas de hormigón prefabricado, está el Alto de Cotilla, uno de los puntos más elevados del viaducto La Farola, desde cuyo mirador se dominan, de un solo pase de vista, el mar del norte y el del sur.
Vega del Jobo no es tan grande. Junto a los asentamientos de Limones y Batea forma una circunscripción de apenas 558 personas, entre las cuales casi el 70 % es del sexo masculino.
Para la vida de 386 hombres y 172 mujeres, ocho de ellas madres solteras, aquí se ha colocado una panadería, una bodega, una oficoda, una farmacia, cuatro consultorios, una clínica estomatológica, tres escuelas primarias, una secundaria, una planta de beneficio del café, una torre de televisión digital, dos trabajadoras sociales, una médica de la familia y un jefe de sector, enumera el delegado de acá, y presidente del consejo popular, Marnoidi Lafita Fáez.
También hay un teléfono fijo, media decena de hamacas atadas a un leño para trasladar a enfermos por los trillos, una microhidroeléctrica, tres grupos electrógenos, un vivero tecnificado «con todos los hierros», en el que nunca se ha podido trabajar porque la malla solar no sirve, y un sistema de acueducto que, en tiempos normales, entrega agua directo de los manantiales las 24 horas del día, pero tras el ciclón aguardaba este domingo por 200 metros de manguera, porque las crecidas dañaron en buena medida los conductos.
Parece mucho, pero nada sobra. Entre crisis, nubes y crecidas, sin electricidad y sin transporte, de pronto todo esto puede reducir su eficacia en grado doloroso.
También hay un ambulanciero sin ambulancia, reubicado como custodio de escuela, al que todos aquí llaman Nebo o Bichón, quien ahora acoge a un periodista en su casa.
La que corre es la historia de un lugar de paso que se convirtió en destino; de un trozo de montaña guantanamera tras un ciclón, de cómo sus gentes, comunes gentes, se inventan la dignidad, mantienen vivo a un pueblo y reproducen su existencia.
UNA FAMILIA GRANDE
La gente en Campo Amor parece una gran familia. En buena medida, literalmente lo es. Anabelsis fue la primera esposa de Nebo y tuvieron tres hijos. Merengue es la hembra y Liubis la esposa de uno de los dos varones. Nené es esposo de Odaimis, que es hija de uno de los más de diez hermanos de Anabelsis, el cual vive cruzando la calle. Acá cerca también mora Yímer, otro de los hermanos. Yandi es esposo de Merengue.
Todos están aquí, en función de cortar la misma leña, hasta que vuelva a hacer falta buscar más. Todos ocupan las humildes casas que se juntan en esta colina hundida entre montañas.
A partir de hoy, para el baño y la comida, para el diálogo, Anabelsis será mi madre, como mismo lo será Xiomara para el desayuno, el sueño y otras conversaciones matutinas en su sala, donde un retrato de Fidel se sitúa al lado de la foto de 15 años de la hija. Nené, Yímer, Odaimis, Liubis, Merengue y Yandi serán mis hermanos. Nebo será mi padre.
HOY HAY QUE COMER
Hace aproximadamente una hora, Liubis y Merengue estaban carretera arriba con una motosierra, cortando los troncos que luego los hombres trajeron para Campo Amor. Ahora, bajo la lluvia, ellos se turnan el hacha para convertir los troncos en pequeños trozos de leña, con los que se cocinará durante varios días.
Alguien sube por el camino y abre los brazos en forma de interrogante, y Nené le responde con un grito agudo y jocoso: «¡Compramos a un periodista! ¡Si no acaba de venir la luz, lo matamos y nos lo comemos!».
Los hombres y mujeres de cada casa se llevan en brazos sus promontorios de leña. La madera está mojada, pero se irá secando, ya sea durante las horas bajo techo por venir o con el fuego inmediato que se precisa para comer hoy.
Como el queroseno desde hace tiempo se espera –con locura se espera, sin sospechar que al fin llegará este miércoles–, se utilizan palillos de chupa-chupa que el fuego de una fosforera derrite sobre los leños y estos prenden; tienen que hacerlo, porque la electricidad puede tardar 13 días, pero el almuerzo, la comida y el café no.
A pulmón se ha alimentado la gente durante estos días, cuenta el Delegado. Quien tenía mucho en la nevera se lo dio fiado a los vecinos y, lo que se pudo, se colocó cerca del humo de la leña, fuera un pez diminuto o un trozo de pollo, para que se conservase sin refrigeración por el tiempo que fuese.
Es cerca de la 1:00 p.m. y Liubis me llama desde una cabaña que pronto conoceré bien. Es la casa de Anabelsis, la matriarca de la familia, quien me pone delante un plato de arroz amarillo salteado con sardinas ahumadas y aguacate.
Hace falta yuca para la comida de esta noche. La yuca fue sembrada en la ladera de una montaña vecina por Yandi y Nené, luego de limpiar el monte virgen con machetes y motosierras. Hasta allá, por donde entran las nubes a esta suerte de cañón, vamos a sacar las benditas yucas, por un trillo de altibajos que a veces se pasa de peligroso.
Sigue lloviendo, Yandi y Nené regresan con más leña a cuestas; Merengue, Liubis y yo traemos sacos con algo de yuca a la espalda. Ya hemos armado toda una comitiva para el viaje a Explanada de Duaba. Como Odaimis está mejor, dice Nené que irá; Yandi también. Yímer dirá luego que sí.
Entre los cacahuales se escucha la voz chillona de Nené, que improvisa a gritos bajo la lluvia y bajo los troncos de su hombro, que luego serán leña. Se come descaradamente las eses para que todo encaje: «Mañana por la mañana, / pero no de mañanita, / yo me voy para Explanada / a llevar al periodiiiiitaaaa»

2
Río arriba por esta margen, atravesando dos arroyos y subiendo y bajando por los cacahuales que crecen en las laderas de la montaña, puede llegarse a la «mini», como todos llaman a la microhidroeléctrica. Se trata de la más grande de las cinco instaladas en el municipio, de acuerdo con Raiyuri Rodríguez Acosta, representante en Imías de la Empresa de Fuentes Renovables de Energía.
Bajo la misma caseta está el grupo electrógeno que cada día debe surtir de electricidad al pueblo durante seis horas, a partir de las 7:00 p.m. Más para la cresta de las lomas, hay una represa pequeña, de la cual baja por gravedad el agua que mueve la «mini».
El grupo electrógeno está en perfecto estado; sin embargo, la microhidroeléctrica, que tendría que generar energía durante las horas diurnas, yace inhabilitada por las crecidas que tupieron los conductos.
Para repararla hay que esperar que deje de llover, porque la presión hídrica es demasiada y se hace peligroso, aunque cada tarde el Delegado pregunta a unos cuantos del pueblo si podrían subir al día siguiente con él, y acabar de limpiar todo. La gente dice que sí, pero la lluvia sigue.
El domingo 27 de octubre de 2024 no se sabe exactamente por qué la electricidad, al menos la del grupo electrógeno, no llega al pueblo. Las principales autoridades de la provincia estuvieron en la mañana y el Bola, de 29 años, que dirige la «mini», solo les pidió un liniero, alguien con más seguridad en cuestión de cables y corriente.
Lo esperarán el lunes, pero el liniero llegará en la tarde del martes, cruzará los dos arroyos, subirá y bajará por los caminos de los cacahuales, trepará varios postes y dictaminará que el problema subyace en uno de los transformadores, luego de esbozar una serie de argumentos que condensará en su repetida frase: «por ley de la vida».
Lo acompañarán por los trillos y las discusiones una docena de personas, entre ellas varios muchachos del pueblo, que separarán los pedazos de la larga escalera, la cruzarán contra su espalda e intentarán no resbalar en los empinados fanguizales. Los arroyos y el río no estarán relativamente mansos y claros como el domingo, sino amarillos, como la arcilla de aquí, y con fuerzas de amenaza.
Habrá preocupaciones sobre cómo mover el transformador de La Vega hasta donde la «mini» y el grupo electrógeno, pero el Bola disolverá los miedos con palabras tajantes: «El lío es que el transformador esté acá; después tú verás que resolvemos, que lo subimos amarrado a una vara entre tres o cuatro, porque aquí la gente tiene ganas de tener corriente».
Esperarán todo el miércoles el transformador, pero este llegará el jueves, cuando al fin retornará, después de casi dos semanas, la electricidad a las casas de Vega del Jobo, por lo menos unas horas al día, para ver televisor, cargar los celulares y enfriar el agua –al fin enfriar agua– y la comida. Habrá una tranquilidad inmensa.
Para el jueves ya habrá agua y electricidad por aquí, pero todavía corre el domingo 27. Ha pasado más de una semana sin nada de eso y los ánimos se tensan, se desconfía de cada palabra que se empeña. La situación se ha acentuado por el ciclón, pero no es nueva; hay quien lleva más de cinco años enviando cartas para todas partes.
Dice Samuel Hinojoza, director zonal de Educación, que se les ha estigmatizado por plantear lo que les afecta y que les han dicho chismosos, porque cuando los de abajo no resuelven, en Vega del Jobo no dudan en llamar a los de arriba. Este pueblo es revolucionario y comunista, me dirán, clavando los ojos, en más más de seis portales.
Ahora hay agua por todas partes, cae del cielo, viene revuelta y feroz por los arroyos y el río, y una microhidroeléctrica parecería, a todas luces, la solución definitiva al martirio de la carencia de electricidad para más de 300 viviendas. No obstante, el agua que normalmente almacena la represa no alcanza para tanto optimismo, explica Raiyuri.
De acuerdo con el Delegado, la principal lucha desde hace años es conectar el pueblo con el Sistema Eléctrico Nacional, cuyas líneas pasan apenas a 11 kilómetros.
Un par de semanas después aún seguirá lloviendo en Vega del Jobo, pero ya las gentes de aquí se habrán cansado de esperar, habrán subido a la represa con machetes y motosierras y, entre nubes y crecidas, se habrán garantizado, con sus propias manos, unas horas más de corriente.

LAS COSAS QUE NEBO NUNCA HARÍA
Dice Nebo que él ha sido de todo en esta vida: ha trabajado en la construcción, ha sido chofer de cualquier cosa y en cualquier parte de Cuba, pero hace unos años la suerte lo llevó a pasar un curso de paramédico y a convertirse en el ambulanciero del pueblo.
Lo de la ambulancia fue una alegría grande por estos lares. Cuentan todos aquí que la mandó personalmente el General de Ejército Raúl Castro y que, aunque hubo personas que no querían que el carro subiera y se quedara por acá, la guerra fue dura, y a todo el mundo se le decía enérgicamente lo mismo: «¡Eso lo mandó Raúl para que estuviese en la montaña!».
Y se logró. Recuerda el Delegado del pueblo que la gente se reunió y acomodó una suerte de garaje para aquel Waz soviético, que le salvaría la vida a mucha gente en lo adelante. Conectaba gran parte de los territorios montañosos y prestaba servicio en Explanada, en el Jobo y en donde hiciera falta; pero «dormía aquí», y eso resultaba una tranquilidad, porque en el campo los trastazos suelen ser más duros y los hospitales quedar demasiado lejos.
Pero Nebo se enfermó y pasó dos meses hospitalizado. Entonces la ambulancia fue a dormir a otra parte y, cuando volvió Nebo, dice que ya no era la suya, que le habían cambiado hasta la sonrisa.
Hay guerra en Vega del Jobo para que la ambulancia regrese como mismo salió; guerra y preocupaciones, porque hay cosas que en un hospital y a tiempo tienen remedio, pero que en un consultorio no se arreglan, y la vida de la gente es sagrada.
Desde entonces, como no puede trabajar en la ambulancia, Nebo fue recontratado como custodio en la escuela secundaria, y hace guardias cada 72 horas. En la sala de su casa, mientras se ríe por las cosas de la vida, asegura que él siempre se había jurado dos cosas, que no iba a ser ni custodio ni cocinero.
Sin embargo, la suerte a veces se escribe sola. Con lo de la cocina también tuvo que ceder, porque su esposa Xiomara debutó con una diabetes tremenda que le afectó la vista, y no puede poner los ojos cerca de la leña.
DOS «MILAGROS»
Nebo insiste en que aprendió a hacer de todo en esta vida, incluido desmochar palmas. Él solo fue aprendiendo, para no depender de nadie y porque los puercos del patio tienen que comer. Dice que aquel día ya iba por la mitad del tronco y no recuerda otra cosa que abrir los ojos en el suelo.
Según Nebo, que no cree en casi nada, el mismísimo diablo tuvo que haber ido a tumbarlo, porque hasta los arreos se quedaron en la mitad de la palma. Cuando fue a pararse, descubrió un dolor terrible en la cadera, pero ni el diablo pudo evitar que Nebo se trepara en la yegua, haciendo mil maromas con las matas, y que llegase a la casa solo para quedar tirado en el suelo.
El otro milagro es el de Nené. Tiene 52 años y hace tres pensaba que iba a «irse» sin dejar hijos sobre esta tierra. A Nené la gente aquí lo quiere mucho y lo respeta. Él mismo dice que también hace de todo y que lo suyo es ayudar, porque cuando se hace el mal, lo único que puedes estar esperando es que te «cacen» para devolvértelo.
Llegó a Vega del Jobo luego del huracán Matthew, cuando unos amigos le pidieron venir con su motosierra a despejar el desastre. Aquí se enamoró de Odaimis. Nené recuerda que antes de morir, su mamá le decía que esa mujer le daría un hijo, pero no había muchas esperanzas, porque Nené había estado «casado» casi desde la adolescencia, y nunca nada.
Después de fallecer la mamá de Nené, Odaimis tuvo unos dolores raros, como un empacho, y se enteró con cinco meses de embarazo que lo estaba. Hoy Chamela es la niña de los ojos de Nené, que es cacique de todas estas lomas, dicen aquí. Pero se vuelve el ser humano más dócil y feliz del mundo cuando ella abre los ojos y se ríe.
«Esa niña fue un regalo que me mandó mi madrecita», confiesa casi delirante.
3
El puente se levantó sobre el río Jojo en el año 1986, pensando en que fuera más bien un paso a nivel, pero terminó por no ser ni una cosa ni la otra. Es demasiado bajo como para resultar un puente con todas las de la ley, y muy alto para lo otro, además de que posee canales para que el agua corra por debajo.
Desde hace tiempo que está así, imposibilitado para el movimiento de vehículos, tras casi 40 años enfrentándose a las fuerzas de las crecidas.
El problema como tal nunca ha sido la fuerza del agua, o no ella per se, sino lo que arrastra. Con las crecidas baja mucho, troncos y gajos en lo fundamental, que se acumulan por el lado de la estructura que da contra la corriente.
Los golpes de los gajos tampoco han maltratado al puente por sí solos. El daño ha sido mediante las combinaciones terribles que perfectamente sabe preparar la montaña, porque los gajos tupen los canales de los bajos del puente, el agua a presión impacta contra el parapeto de gajos y el puente tiembla, en su pugna con la naturaleza.
Durante su embate sobre el puente, el agua busca vías alternativas para poder seguir. Así es como el río se ha llevado, en estos casi 40 años, ambas cabezas de la estructura, para escaparse con su tropel por las márgenes.
En las márgenes están las casas. Dice el delegado que en los últimos tiempos las crecidas se han llevado seis viviendas. El suelo de una de ellas cedió por estos días, justo después del huracán Oscar, aunque por suerte ya la familia se había evacuado en otra parte. Hay al menos otras cuatro estructuras de este lado del río que están en la implacable lista de la furia del cauce.
Por orden, la próxima será la clínica estomatológica, una edificación de mampostería de dos pisos. Después le seguirá la casa de Boris, el Gordo, que es el herrero del pueblo y asegura que no se irá del lugar, que ahí se muere, a pesar de las múltiples advertencias de las autoridades, quienes ya le hicieron hasta firmar un papel, como para que quede constancia de que el Gordo se las arreglará con el río por su porfiada voluntad.
Luego le tocará a la bodega de Vega del Jobo, y quizá más tarde a la panadería.
Hay debates en la zona sobre qué hacer con el puente. Los del lado de acá, aseguran que hay que llenarlo de dinamita y reventarlo, para que el río no siga «tragándose» las casas, y construir un paso a nivel más bajo, que se adecue mejor a las furias de la naturaleza.
Los del lado de allá del puente responden que eso no se puede hacer, porque entonces ellos no tendrían, por mucho tiempo, forma de venir hasta acá sin lanzarse al río Jojo. Aquí está casi todo, desde la bodega con el pan de cada día y los mandados del mes, hasta la doctora que hace un tiempo enviaron de Guantánamo, la cual se enamoró por acá y pronto será madre.
El puente es una suerte de incógnita de lo provisional. Corren los días finales de octubre de 2024 y el río está bravo. Para acceder desde el otro lado hay que dar pasos de equilibrista sobre un tronco de almendro que los hombres colocaron. Del lado de acá, hay que mojarse las rodillas con el agua a presión.
No sirve, pero sirve el puente. A largo plazo implica desastre, pero en el día a día significa la salvación cotidiana. Los del «lado de allá» saben que una estructura de esas no se repone en dos días, ni en tres, ni en cuatro… y temen que, en medio de las crisis, una vez dinamitado el puente, así, viejo y maltrecho como está, nunca más vuelva a levantarse más nada.
LA ECONOMÍA
Esta zona montañosa de Imías surte de café, cacao y cultivos varios en general al municipio. Aún así, el delegado, que también es campesino en ejercicio, insiste en que las producciones han bajado, sobre todo después del huracán Matthew, cuando las plantaciones de café quedaron harto afectadas y jamás volvieron a ser lo que eran.
Hay factores concretos, comenta el también Presidente del consejo popular. Menciona de primero el cambio climático, que retuerce los ritmos de lluvias y secas, y las hace a ambas más intensas e incontrolables, máxime en la zona de montaña, donde un derrisco se lleva toda una franja de sembrados en la ladera de cualquier loma. A eso se le suma la falta de fertilizantes.
Algo que también ha disminuido considerablemente en las últimas dos décadas es la cría de ganado mayor, pues las pocas reses que a ratos se dejan ver en el pueblo van en funciones de animales de fuerza, ya sea para arar o ensillados con mil trastes sobre el lomo, como si fueran mulos. Ello implica que la leche de los niños de aquí no se produce aquí, con posibilidades concretas para hacerlo.
Estos factores han influido en que mucha gente abandone la montaña –menos fuerza de trabajo– en busca de condiciones más cómodas para desarrollar la vida, porque la belleza del paisaje y el afecto al pedazo de tierra en que se nace y se crece, de pronto entran a competir con el ansia de mayor variedad de ofertas de empleo o la cercanía a un hospital.
Las carencias que se aprecian por estas lomas a veces no son muy distintas a las que pueden encontrarse en el corazón de La Habana.
Reina, de 67 años, fue por muchos años cocinera de la secundaria, hasta que se jubiló. Su esposo, maestro Makarenko de aquellos a los que nadie, ni por aquí ni por allá, se atreve a llamar de otra forma que no sea maestros, tiene 84. Entre ambos, la entrada de dinero a la casa no llega a los 4 000 pesos, una cifra que no alcanza ni en La Habana ni en Vega del Jobo, donde también muchas cosas se consiguen mediante mipymes.
La diferencia entre vivir aquí y en una capital, con esa entrada de efectivo, subyace en que la distancia le pone acento a todo, y las lomas con caminos peligrosos le agregan los tres puntos suspensivos.
EL PORTAL DE BORIS
Boris es famoso en el pueblo por resultar el Gordo más ligero del mundo, ya sea para bailar la música que le pongan o para jugar un partido de básquet. En el portal de su casa se dio una discusión interesante durante estos días de lluvia.
Resulta que el Javao, con sus 60 años encima, asegura que él no cocina para nadie, porque para eso está su esposa, y por algo él se lo pone todo. «Prefiero morirme de hambre antes que cocinar», se precia.
De inmediato, los presentes dan de lado a un pomo de ron y le saltan encima, porque: «¿Cómo es eso, Javao? ¿Tú estás loco? ¿En qué parte de la prehistoria te quedaste?».
El Enano dice que él no cree en esas guanajadas, porque cómo va a estar tirado en el sillón sin hacer nada, esperando a que su mujer, que también trabaja, llegue a hacer la comida.
–Javao, no seas animal, por lo menos ve pelando el platanito, embúllate a hacer una colada de café…
–Chico, yo creo que el problema está en el café, porque yo quedé medio traumatizado con eso. ¿Tú no sabes que a mí de niño me levantaban a las cuatro de la madrugada a hacerle la colada a la familia? Odio le cogí, y me dije que más nunca.
–Pero eso ya pasó, Javao, sigue haciéndote el bárbaro, que te van a mandar a dormir p’al patio.
Al día siguiente, estos hombres estarán metidos en una cañada, donde alivia el agua de las lomas, troceando voluntariamente los árboles que arderán en el inmenso horno de la panadería.
4
Chamela es una niña preciosa de tres años que toma la palabra para todo: para invitarte a pasar, para decirte que almuerces, que dejes los zapatos en la puerta, que tomes de su desayuno…
Por estos días la agarró una gripe y Nené, su padre, andaba por los contornos buscando múltiples hojas para hacer un cocimiento, como solo se hacen por acá, y cortar de cuajo el catarro. Son muchas las hierbas que pone juntas, apretadas en un mismo jarro que coloca en baño de María sobre la leña.
Nené lo pone cuidadosamente y explica que, cuando lo de abajo suelte la sustancia, hay que darles vuelta a los bejucos, para que la parte de arriba también supure. «El que se tome esto revive y ¡se acabó el catarro!», asegura.

Es lógica la gripe, tanto como pequeña es la niña. Van muchos días sin parar de llover, sin que mínimamente pueda sentirse un rayo contundente de sol. No lo saben aún, pero quedan varias semanas de lo mismo, en la que las hierbas de los portales tendrán que luchar contra las humedades del cielo.
Sin embargo, Chamela no se deja quitar la sonrisa ni por el catarro. Todo lo contrario, ha aprendido a jugar con él. Horas después de haber tomado el remedio, sin señales de tos por ninguna parte, solo necesitará escuchar que «ya la niña está sana» para comenzar a toser de nuevo, con una instantaneidad casi descarada y una sonrisa, más descarada aún, que no logra esconder.
Nené se sienta en un taburete de la terraza, mientras vigila la leña, y se ríe de sí mismo dentro de unos años, cuando Chamela empiece a tener novios –terror de padres rabiosos– y él ya sea un viejo, quién sabe si irrespetable. Estruja la cara, como la de un señor de casi 70 años, y finge ser el Nené del futuro, tratando de jugar al padre recio con su hija. Se ríe cuando esboza también la posible respuesta de un joven al que no le importará nada de eso.
Dice Nené que esa quizá sea la ley de la vida, y que bastante cacique de estos montes ya fue él.
Pero, en realidad, a Nené lo que le duele no es eso. Ni siquiera podría definirse como dolor. Nené guarda una suerte de nostalgia del ahora, de los tremendamente felices días del hoy, y mira con cara de tiempo perdido tantos años pasados sin su Chamela.
Es niña avispada y juguetona, Chamela. Dice Nené que cierta noche estaban a oscuras y llegó alguien al portal con una linterna encajada a la frente. Ella salió corriendo con sus pasitos de bebé traviesa y se quedó pensativa, de frente al visitante, desde su altura moral de 60 centímetros.
–¿Ese es tu ojo? –increpó, señalando la luz.
«¿Cómo uno no se va a morir por eso?», me pregunta Nené. «¿Quién hubiera tenido una Chamela 20 años antes?».
MÁS LLUVIA
Cada madrugada me ha despertado a medias el ruido de la lluvia torrencial sobre el techo de zinc. Despertarse a medias con sonidos graves e irregulares resulta algo tortuoso, porque parte de la mente todavía no asume lo que ocurre y se tiene una especie de pesadilla con los ojos abiertos.
Un mínimo grado de coherencia del que he dispuesto en esos desvelos súbitos, me han hecho estrujar el rostro y pensar: «Mañana tampoco podrá ser, mañana tampoco llegaremos».
Explanada de Duaba sigue estando a la misma distancia que el primer día, ni a un metro menos; los ríos, si acaso, se han crecido un poco más, y la tierra toda de las lomas ha ganado en inestabilidad y peligro.
La otra parte del cerebro, sin embargo, siempre guarda un estado de casi irracionalidad, que a ratos lleva a suponer que estoy bajo el torrente de una crecida, sin posibilidades de salir. Gotas diminutas y frías, que logran burlar a presión la ventana cerrada, le agregan realismo a la idea. Todo mitad pesadilla, mitad conciencia. Así ha sido cada una de estas tres noches.
Si el rugido de la lluvia logra intimidarme bajo un techo, cómo sería si me atrapase más al interior de la sierra, sin una choza en kilómetros a la redonda. Lo pienso no solo en las madrugadas de desvelo, sino también durante el día, cuando aparecen chubascos a la tremenda y me descubro minimizado entre cielo y tierra, bajo un portal, como ahora.
EN LA BODEGA
Bajé con Nené a la bodega de Vega del Jobo, para comprar el pan y algo de arroz. Poco a poco, tras el ciclón, se van «asomando» las cosas; un día detrás del anterior. En un rato, el camión traerá latas de leche condensada para los niños menores de seis años. Ayer vendieron pollo. Desde otros pueblos se escapa el rumor de que también traerán sardinas en lata.
Hay algarabía en la bodega, discusiones cortas que suben y bajan su intensidad en un minuto, respecto a cualquiera de las circunstancias tajantes que se amalgaman en el momento que corre.
La gente del lado contrario del río pide ser priorizada en la fila, porque mira lo fuerte que empezó a caer el agua de nuevo, y el río cada vez se torna más rojizo… y sube.
Corre el miércoles 30 de octubre. El martes 29, el Jojo volvió a elevar su cauce, como no lo había hecho desde que pasara el huracán Oscar, y descolocó, por completo, el tronco de almendro por el que la gente accedía al puente.
El tronco resulta tan grande que la corriente no lo pudo llevar río abajo y apenas lo tiró contra la margen. En la tarde, con sogas por aquí y por allá, volvieron a subirlo entre muchos hombres, con el agua aún roja y fuerte. Pero el río puede crecer también hoy, por eso los de allá tienen que comprar rápido, para que disminuyan las posibilidades de no poder regresar.
Algunos han propuesto que se lleven los mandados en mulos a quienes viven allá, pero el Delegado se niega por el momento, porque, qué pasaría, arguye, si con la fuerza del río crecido, uno de esos mulos tropieza o resbala…
Con el tiempo que hemos esperado el arroz y el poco de azúcar, endulzando tantos días el café con la cachaza de caña, ¿tú te imaginas que tropiece el mulo, que se caiga? No habrá chance ni para darle los palos. ¿Quién repone lo que se va a perder? ¿Cuándo? Esto hay que jugarlo al seguro, dice el Delegado, es la comida de la gente. Ahorita escampa. Ahorita el agua baja. Aunque mañana vuelva a subir.
Transcurridas casi 72 horas desde el domingo, ya todos acá saben que hay un periodista fracasado en Vega del Jobo. Cuando me cruzan, preguntan, casi en burla, que por fin cuándo se sale para Explanada. Saben la respuesta. Es evidente.
Bajo el portal de la bodega, una anciana me mira de arriba a abajo y confiesa que, por lo que había escuchado, ella se imaginaba a un periodista más repuesto, más alimentado, no «esto» que tiene delante, que parece no poder con los trillos de tres lomas seguidas.
Después de desahogar su decepción, comienza a hablar de dificultades mundanas que también afectan a los viejos de aquí, quienes también se quedan solos, a los que también se les va la familia. Entonces, Eneida, así se llama, observa fijo hacia la punta de la loma que está enfrente y dice que «aquí lo que hay es que salvar el alma».
Miro un instante a quien tengo a la derecha y, cuando regreso la vista, la anciana de más de 80 años ha desaparecido. Paso los diez minutos más inquietantes de mi vida, hasta que de pronto reaparece desde la oscuridad de la bodega. Es un alivio.
Por acá también hay unos muchachos hablando de perros, de los perros buenos que se necesitan para trabajar en el campo, perros que lo entiendan todo, que sepan cómo morderles las patas a las vacas, y que cuando se les mande a la loma a buscarlas, la que no baje sea porque aprendió cómo subirse a una mata.
También hablan de los perros jíbaros. Dicen que tienen la misma mala sangre que los gavilanes, porque no hay quien los domestique, ni tomándolos de pequeños.
LA LUZ
Este miércoles de pronto se hizo un claro en el cielo. Todos pensaron que el reinado de las lluvias por fin había acabado. Anabelsis salió eufórica de su casita, puso a secar los zapatos en la cerca de palos y pegó un grito:
—¿Tú sabes hace cuánto ya que no vemos el sol? ¡Basta ya, que está bueno de fango!
En media hora volverá a llover, pero las montañas no dejan advertirlo.

